A veces nos toca admitir cosas que no nos gustan de nosotros mismos. En privado, puedo señalar con gran certeza cuáles son mis defectos y en público, con mayor certeza incluso, cuáles son mis virtudes (que siendo justos no son muchas y por eso mismo les sacamos lustre con tanto entusiasmo).
Una de las cosas que no me gusta de mí es que soy un poco quisquillosa con las que considero como buenas maneras a la hora de comer. Digamos que si tengo al frente a 2 personas que no conozco y por esas cosas locas resulta que sólo puedo salvarle la vida a una de ellas, sin dudar les digo que la que coma bonito sobrevivirá.
Como todo lo inédito de mi personalidad, responsabilizo a mis padres –en este caso particular a mi mamá- por haberme convertido en un insufrible manualillo de Carreño con patas. Lo peor de todo es que no me pienso como una pulcra para comer, pero tengo la cuota de soberbia necesaria para indicar que mis modales a la mesa están por encima del promedio. Convengamos que yo uso el cuchillo solo para cortar carne y dado que no como carne pues esa pieza del set de cubiertos me es bastante inútil. En esta misma línea de incredulidades, digo que tengo años de práctica comiendo ensalada sin tener que cortar las lechugas (Ensalada César incluida, y este dato no es menor) y que será pues imposible verme arrimando el arroz o presionando los últimos granitos con el tenedor para asegurarme de que todo, todo, todo lo que me sirvieron sea comido. A esta altura del relato, no hay que ufanarse de gran suspicacia para saber que soy una hinchapelotas del carajo a la hora de comer.
Una vez me tomé un café con un amigo muy querido. Él quedó impactado –no sabría decir si gratamente; sospecho que no- con la manera en la que yo revolvía el café sin hacer el menor ruido (¿qué onda la gente que juega al campanario con la taza y la cucharita?). Su cara de susto no mejoró cuando me vio gastar todas las servilletas del servilletero para 1) poner mi cucharita y que no se manche la mesa 2) posar mi taza porque el recinto no me proveyó de posavasos 3) tener a mano una pieza para poder limpiarme y 4) tener a mano otra pieza en caso se desgaste mucho la servilleta usada en el punto número 3. Mirando la situación en retrospectiva, me parece que pudimos haber armado un muñeco de año nuevo con todo el papel que utilicé en esa simple sentada cafetera.
En contraparte a mi psicosis de modales, me provoca inmensa ternura la torpeza que tienen algunos chicos para comer. En realidad no sé bien si se trata de torpeza o si es que simplemente son personas que le dan poca importancia al buen comer (lo cual también es válido). Ahora bien, no debemos confundir lo que suponemos como torpeza con el desdén que tienen otras personas para alimentarse. Torpeza tierna es ensuciarse la boca con helado; desdén baja pila es comerte el barquillo con la boca abierta. Digamos que yo salía con un chico al que había que preguntarle con qué alimento no se había manchado en su vida y salía con otro que sorbía el mate hasta que se le salieran los ojos. En virtud de lo relatado, es pertinente indicar que con el primero me vi muchísimo más que con el segundo.
Toda esta previa tiene un propósito y es que me invade una existencialidad: ¿cuál es el fin de apoyar el brazo en la mesa, ahí desorientado y desubicado, entre el comensal y el plato? Le he dedicado mucho y largo análisis a ese brazo puesto ahí y se me están encrespando los pelos sin llegar a encontrar respuestas. En verdad, díganme, ¿qué hace ese brazo ahí? ¿es una suerte de puente para que la comida y el comedor se unan? ¿lo usamos para evitar que se manche el mantel si es que se nos cae el bocado? ¿somos tímidos y es nuestro escudo personal?
Como si de esto dependieran sus vidas, díganmelo: ¿¡qué carajos hace ese brazo ahí entre el plato y el comensal por la Concetta Inmaculata de Jesucristo!?
Espero encarecidademente que me saquen del abismo en el que estoy.